Lunes, 05 Febrero 2018 13:50

Los bailes de ritmos caribeños conquistan con fuerza a los chilenos

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En Santiago son cada vez más las personas que se inscriben en clases de salsa, merengue o bachata.


A las 20:30 horas de un miércoles, 40 personas están reunidas en círculo en la academia de baile Go Salsa, ubicada en Santiago Centro. Apenas suena la música, Vivianne Ormazábal (45) toma del brazo a su compañero y empiezan a bailar juntos.

Ormazábal es ejecutiva de banco y se interesó por la salsa el año pasado. Desde entonces va a dos clases por semana.


"Empecé a atender clientes extranjeros que cuando me veían estresada, me decían '¿por qué no se va a bailar?'. Me mostraron videos de salsa y ahí quedé fascinada. Ahora esto es mi válvula de escape", cuenta.

Así como ella, otros 100 alumnos chilenos asisten a este estudio de baile. Las inscripciones aumentaron desde mediados de 2017, cuenta Benjamín Villarroel, bailarín y director de la escuela.

"Eran unos pocos en 2012, el año pasado había unos 40 y ahora estamos con 100", comenta Villarroel, quien asegura que la llegada de migrantes a Chile desde los países caribeños fue lo que impulsó esta tendencia.

"Fue muy evidente la influencia. Antes recibía consultas de personas que querían bailar para conocer gente. Ahora te dicen que tienen amigos venezolanos o colombianos y les llama la atención cómo son capaces de mover el cuerpo. El chileno vio eso y dijo 'quiero lo mismo para mí'".

Es el caso de Alejandro Peña (44), chofer de camiones y alumno de salsa desde hace tres meses, quien el año pasado empezó a compartir turnos con un joven venezolano. "En los viajes teníamos que intercalar su música con la mía y ahí conocí la salsa. Yo espero con ansias que llegue la hora de salir de la pega para irme a bailar, porque la paso bien y ando con mejor ánimo", dice.

Diversidad de ritmos

Aunque existen varios estilos de salsa, la de origen cubano es la que predomina en la mayoría de las academias. Se le conoce como "salsa casino". "Es la que más se expandió en los países del Caribe. Es más coreográfica y se intercambian las parejas durante la canción", explica Villarroel.

El profesor dice que en 2012 había solo cinco academias como la suya en Santiago; ahora son cerca de 20.

El merengue y la bachata, géneros de origen dominicano, también han ganado espacio. A petición de sus alumnos, Villarroel abrió hace dos meses un taller para enseñar estos ritmos. "Hay lugares como Venezuela o Dominicana donde se baila más merengue que salsa, y como siempre mezclan ambos en sus fiestas, el chileno también lo quiso aprender".

Un escenario similar es el que describe Adriana Rodríguez, encargada de la salsoteca y academia Orixas, también ubicada en Santiago. "En Colombia también se escucha la bachata. Y como ellos la trajeron a Chile, nos vimos en la necesidad de incluirla, porque la solicitaban mucho", dice.

En Orixas se triplicó la matrícula en un año, agrega Rodríguez. Si el promedio de 2016 era de 40 asistentes por día, actualmente llegan 150. Rodríguez comenta que las edades van entre los 35 y los 70 años.

Realizar sesiones de baile libre después de clases se ha convertido en un hábito en las academias. En Orixas, por ejemplo, desde hace tres años cuentan con un club de socios de salsa que formaron los alumnos, quienes continúan bailando después de las lecciones y realizan competencias. Actualmente está formado por cuatro mil personas, 80% de ellas chilenas.

"Se preocupan de perfeccionar, de poder competir con un extranjero en la pista. Creo que no se lo toman a la ligera", dice Rodríguez.

Nueva mirada

"La llegada de migrantes está constituyendo un aporte decisivo al enriquecimiento musical de Chile", opina Lorenzo Agar, doctor en Sociología, académico de la Universidad de Chile y experto en migraciones.

Según Agar, los ritmos caribeños han sido mal vistos por los chilenos desde hace décadas. Algo que estaría cambiando.

"Se está transformando esa mirada de que son vulgares y de los pobres. Ahora se ven chilenos de clase media bailando salsa y es porque en el Caribe la bailan todos, desde el más pobre hasta el gerente de una empresa, y eso se empieza a reflejar acá".

María Cecilia Toledo, músico y gestora cultural de proyectos internacionales, ve en esta tendencia una oportunidad para abordar la migración. "La música tiene un efecto multiplicador que produce una integración inmediata y podría ayudar a evitar la desconfianza y la discriminación que termina produciendo guetos, cosas a las que nuestra sociedad teme hoy día", puntualiza.
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