Cecilia Disandro y Juan Barrionuevo irrumpieron en el escenario con una fuerza que hizo vibrar hasta el último rincón del recinto. Apenas la orquesta soltó los primeros acordes de los bronces, quedó claro que la noche estaba destinada a convertirse en una página dorada de nuestra memoria rumbera. La expectativa flotaba en el aire denso y cálido
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